EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA

Por Nidia Burgos

La celebrada coherencia y rectitud intelectual que caracterizó a Martínez Estrada a lo largo de su vida, obedece a los valores fundamentales que cultivó, a su lucidez para advertir signos que pocos notaban en el cuadro social y cultural de su tiempo y a su fuerte sentido ético.

Nació el 14 de setiembre de 1895 cerca del río Carcarañá, en San José de la Esquina, provincia de Santa Fe. Salvo una primera etapa en la que predominó lo estético como valor máximo en su vida, que corresponde al período de 1918-1929 en que publica seis libros de poemas y obtiene tres importantes premios a su labor literaria: el Tercer Premio Nacional por “Nefelibal”, el Primer Premio Municipal por “Argentina” y el Primer Premio Nacional de Literatura por “Humoresca”  y “Títeres de pies ligeros”; fue arrebatado enseguida por el compromiso militante y exaltado de la verdad, de la moral y por la búsqueda existencial de un sentido último, más allá  de lo religioso, en la pura dignidad humana.

Su respuesta a las limitaciones de un hogar empobrecido y disgregado fue el autodidactismo. No pudo concluir sus estudios secundarios porque sus padres se habían separado y su progenitor había quebrado como comerciante de ramos generales. Así, ante el impedimento de seguir estudios avanzados, respondió con la hazaña personal de estudiar solo, sin maestros, con la sola guía de su instinto, llegando a ser uno de los intelectuales más prestigiosos del continente, invitado sucesivamente por el gobierno de EEUU, por la Universidad Autónoma de México, distinguido como miembro de la Academia de la Historia Cubana, galardonado Caballero de la Orden Manuel Céspedes también de Cuba, invitado al Congreso Internacional de Escritores de Rusia, designado Profesor Extraordinario de la Universidad Nacional del Sur,  premiado por la Casa de las Américas de Cuba, etc. Pero no llevó la vida de un intelectual de biblioteca, consagrado a la pura especulación filosófica y al disfrute de becas o derechos de autor. Vivió toda su vida de su sueldo de empleado público. En 1915 ingresó al Correo Central, puesto que mantuvo hasta su jubilación treinta años después. Fue también hombre de compromisos duraderos; se casó en 1921 con la pintora italiana Agustina Morriconi y vivió con ella hasta su muerte. No tuvieron hijos y ella constituyó todo su nido afectivo. La correspondencia  que dirigió a su esposa, nos muestra un Martínez Estrada insólito. Él, que no se permitía ningún tipo de efusión sentimental, ni aún en su poesía, ahí se presenta tierno, mimoso y enternecedoramente afectivo, dibujando así, claramente, la figura del esposo-amante.

La segunda fase de su vida se inicia hacia 1930 y eclosiona en 1933, año en que publica Radiografía de la Pampa, libro señero de indagación sobre lo nacional, verdadero hito literario-filosófico de la ensayística hispanoamericana. Ahí el poeta mimado de la élite abandona casi totalmente la poesía porque, como dirá en La Cabeza de Goliat en 1946: "ante todo el pensador y el artista tiene una misión intransferible, superior a su voluntad, que es la de revelar lealmente aquello que suscitan en él las cosas del mundo en que vive". Comienza, pues, para él, el ejercicio de la inteligencia crítica. Esa fue la contraparte sociológica de su soledad: se preocupaba por todos cuando justamente se alejaba de todos, porque este escritor de espléndidas amarguras, como lo calificó Borges, se convirtió para el común de la gente, en el censor ceñudo y amargo de la sociedad argentina. Eso lo fue alejando de cenáculos literarios y de fiestas sociales, para refugiarlo en cambio en el estudio del violín (1935-1945) o cada vez que podía, en su Chacra de Goyena que adquirió en 1937 con el fruto de sus premios literarios. Presidió en cambio, la Sociedad Argentina de Escritores, la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. Reemplazó la bohonomía de la reunión social por el peligro de la militancia.

En 1947 publica Invariantes Históricos del Facundo, Niestzche y termina de redactar Muerte y transfiguración de Martín Fierro el texto más completo de análisis y crítica del libro argentino por antonomasia, El Martín Fierro y ahí se suscita la segunda conversión de Martínez Estrada: con lucidez anticipatoria estudia la cultura popular como fenómeno en sí y desenmascara antivalores. Siente que es ese su deber y lo cumple hasta las últimas consecuencias. Paralelamente escribe cuentos y obras teatrales y se vuelca con pasión a la música. En 1944 publica sus más famosos cuentos, La inundación y La cosecha. En 1949 El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson y en mayo de ese año se radica en Bahía Blanca.  Esa es su etapa profética: un profeta que clama en el desierto, pues nadie le cree. En carta del 11 de setiembre de 1949 le escribe a su amigo Orfila Reynal: "veo descender la marea de la cultura y de los valores humanos, pero a mi alrededor se cree que los estampidos son buscapiés de chicos que se divierten". Se va quedando solo y lo sabe: dice: "estoy acomodándome a la soledad verdadera como el que se prueba el ataúd". Entonces toca el violín y se apasiona por el ajedrez y con sus lecturas favoritas Simon Weil y Thoreau, el forjador de la "desobediencia civil".

En su amor por la naturaleza y sus criaturas, los pájaros ocupan un lugar preferencial a tal punto que en su casa los gorriones que se caían de los nidos, eran atendidos por el matrimonio Martínez Estrada y luego andaban en libre vuelo por toda la casa. Llegaron a tener más de diez pájaros con nombres propios y afectos particulares que han sido retratados más de una vez en las manos, en los hombros o la cabeza de don Ezequiel o de su esposa Agustina. Entre 1951-1955 sufre otra etapa de prueba. Contrae una extraña enfermedad: neurodermitis melánica y responde nuevamente con estoicos valores de actitud. Porque ante la enfermedad, la postración, las peregrinaciones humillantes de hospital en hospital, de médico en médico, sin tener un diagnóstico acertado, el responde con trabajo creativo en cuanto la más mínima mejoría se lo permite. A pesar de su fervorosa voluntad debió dejar de leer y escribir por largos períodos. En 1956 recobra la salud y publica su maravillosa Marta Riquelme y Sábado de gloria, pero la responsabilidad por el país lo lleva a asumir sus enfermedades como propias, por lo que simultáneamente publica sus ensayos más furibundos: Qué es esto?, Catilinarias, Cuadrante del pampero, Exhortaciones, Las 40 y El Hermano Quiroga, donde narra su entrañable amistad con el escritor suicida. Estudia a fondo la vida y la obra de Montaigne, Balzac y Niestzche y publica Heraldos de la verdad, Realidad y fantasía en Balzac y ya en el ocaso de su vida, retoma la poesía; pero una poesía cerebral, casi aforismos. Ésta constituye su etapa reflexiva, donde apela nuevamente a valores de actitud como respuesta frente a la muerte. Es la etapa de la sabiduría, pero muy dolorosa y amarga: "has vivido al revés de tu destino./ te ofrecieron amor y no quisiste;/ fortuna y gloria y preferiste el vino/ de la sabiduría que es tan triste./ y ahora, al final de tu camino,/ buscas a Dios, que sabes que no existe."

Ni aún en esta etapa filosófico-metafísica rehúye el compromiso activo; baste leer su Discurso en la Universidad y Mensaje a los Escritores. Él, que había sido un conspicuo antiperonista, no por ello se casa con el llamado "gorilismo" en la jerga de la época y se dirige especialmente a los jóvenes a quienes habla "como padre severo y como maestro inflexible, no como instructor ni como preceptor".  Al fin, decepcionado, rompe lanzas con la Argentina y se autoexilia en México. Ahí publica Diferencias y semejanzas entre los países de América Latina. En 1961 se radica en Cuba y en la necesidad de establecer raíces valederas para los americanos, traza un ambicioso plan de estudio sobre los grandes próceres del continente que inicia con el fervoroso estudio de la figura de José Martí, y seguiría con la figura del uruguayo José Artigas y otros. Su salud quebrantada le impidió incluso concluir su enorme Martí, pero lo hecho, alcanzó para ser reconocido, por cubanos y extranjeros, como uno de los mejores biógrafos del cubano universal. En 1963 gana el premio Casa de las Américas por su ensayo Análisis funcional de la cultura y con pasión juvenil, a los 68 años, se pone al servicio de Cuba y la revolución cubana, que es justamente el título de uno de sus libros de esa etapa. Esto le valió nuevos y poderosos enemigos pero los despreció. A partir de su regreso a la Argentina, en 1962, concreta su exilio interior en Bahía Blanca. Mantuvo permanentemente por encima de todo avatar una coherencia total entre pensamiento, palabra y obra siguiendo el dictamen único de su conciencia esclarecida de auténtico demócrata.

Predominaron en su vida valores éticos de actitud, pero siempre estuvieron latentes, emergiendo con más fuerza en algunos períodos, los valores estéticos y en otros, la actitud reflexiva, sobre todo al final de su vida, en la que alcanzó decantada y amarga sabiduría, tal vez porque vio en su propia vida que el hombre no puede, a pesar de sus esfuerzos, alcanzar la libertad y la justicia verdaderas en este mundo; pero seguramente, en la madrugada del 4 de noviembre de 1964, íntimamente, habrá podido decir como Antígona a Ismena: “No temas, es solamente la muerte”.

"Martínez Estrada mantuvo permanentemente, por encima de todo avatar, una coherencia total entre pensamiento, palabra y obra, siguiendo el dictamen único de su conciencia esclarecida."

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